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De la B de Belgrano a la de Bernabeu

Un día como hoy, se producía el hecho más antinatural de la historia del fútbol argentino. River, el gigante, descendía por primera vez en su historia al Nacional. Una caída que cambió la historia, la de todos nosotros. Una historia que se reescribió en el Bernabeu.



Empujado por los malos rendimientos, sin respuestas anímicas ni futbolísticas y con una dirigencia que terminó de darle el empujón final, un 26 de junio de 2011 el Club Atlético River Plate no pudo remontar un resultado ante Belgrano y el Monumental fue testigo de un hecho inédito para la historia del fútbol argentino, sudamericano y mundial: el Millonario bajaba al Nacional B.



Tristeza, angustia, bronca. Ninguno de los allí presentes podíamos creer lo que estábamos viendo. Entonces Lito fue la voz de nuestro sentimiento; cuando vio que el equipo por entonces dirigido por JJ López ya se encaminaba al abismo, se puso en la piel del hincha, dejo de relatar el partido y como tantas otras veces en sus 30 años con el más grande, fue uno más de nosotros.



Después del drama de esos primeros días, no sabíamos, ni siquiera sospechábamos (ni el más optimista o visionario podría haberlo hecho) que aquella caída era en realidad una resurrección, un resurgimiento a nivel deportivo e institucional y también, claro, sentimental.



Ojo, no estoy minimizando ni negando el hecho. Pero si me decían por entonces que River revolucionaría el país con sus viajes, que las canchas explotaban de hinchas, que el hincha riverplatense más que nunca mostraría su fidelidad, que jugadores de la elite mundial vendrían a ponerse el manto sagrado para sacar adelante a la institución, que en tan solo un año el equipo regresaría a su lugar natural y comenzaría un ciclo lleno de conquistas internacionales, firmaría sin mirar.



River descendió a su propio infierno, fue como esas experiencias chamánicas donde se enfrenta al demonio interior, al propio fantasma. De esa experiencia salió renacido. Hubo, viéndolo ahora en retrospectiva, hasta un cambio de ADN en el manual del jugador y el hincha riverplatenses. Haber vivido esa experiencia, hizo que quien se ponga el manto sagrado no sólo tenga un deber con la historia del buen fútbol y la elegancia, sino también con una vocación de no regalar nada, de no entregar nada, de no relajarse un minuto.



Aquel naufragio de 2011 sirvió también para terminar con el mandato del peor presidente de la historia de River, Daniel Pasarella, sirvió para que muchos mercenarios que le hicieron tanto mal al club salieran por la puerta trasera del club más grande de la Argentina. Fue renovación porque llegó una dirigencia que saneó el club, que lo dotó de un nuevo estímulo y que convocó en la figura de Enzo Francescoli a un legado futbolero que nunca se debió perder.



Mérito de DOnofrio fue traer a Enzo y fue mérito absoluto de Enzo, primero, acompañar a Ramón Díaz, sinónimo de grandeza, y luego, poner la piedra basal del ciclo más exitoso de la historia del Millonario: la llegada de Marcelo Gallardo.



El resto es historia. De la B de Belgrano, a la B del Bernabeu pasaron solo 7 años. Una verdadera resurrección de cuerpo y alma. Como decía una bandera profética: me verás volver y te arrodillarás. Yo agregaría hoy: ante los ojos del mundo y en el Bernabeu.



No hay resurgimiento sin caída, o como dice el tango, primero hay que saber sufrir. Sin aquel descenso a los infiernos, no habría Bernabeu.



Gracias River